La metadona es un fármaco opioide de acción prolongada utilizado comúnmente en programas de mantenimiento para personas con dependencia a la heroína u otros opiáceos. Si bien este tratamiento ha permitido reducir la mortalidad por sobredosis, estabilizar la vida social y mejorar la adherencia terapéutica (WHO, 2009), también ha generado una nueva preocupación: la dependencia a la metadona.
Para muchas personas, lo que empezó como un tratamiento para salir de la heroína se convierte en una nueva forma de adicción, prolongada en el tiempo, con efectos secundarios relevantes y dificultad para abandonar su consumo (Mattick et al., 2014).
¿Qué es la metadona y para qué se utiliza?
La metadona es un opioide sintético desarrollado en Alemania en la década de 1930. A diferencia de la heroína, tiene una vida media más larga y actúa de forma más sostenida sobre los receptores opioides, lo que permite estabilizar al paciente y reducir el síndrome de abstinencia sin generar los picos eufóricos característicos de otras drogas (Kreek et al., 2010).
Se administra principalmente en programas de mantenimiento como sustituto de la heroína, dentro de una estrategia conocida como “reducción de daños”. Esta modalidad busca evitar el consumo de sustancias ilegales, mejorar la calidad de vida del paciente, reducir el riesgo de transmisión de VIH y hepatitis, y facilitar el acceso a servicios sociales y de salud (EMCDDA, 2023).
Cuando la metadona deja de ser solución y se convierte en problema
Si bien en algunos casos ha resultado útil como herramienta terapéutica temporal, la metadona no está exenta de riesgos. Muchos pacientes desarrollan:
- Tolerancia: necesitan cada vez más dosis para obtener el mismo efecto.
- Dependencia física y psicológica: el cuerpo y la mente se acostumbran a la presencia constante del fármaco.
- Dificultad para abandonarla: los síntomas de abstinencia pueden ser intensos y duraderos (Krantz & Mehler, 2004).
Esto genera una gran frustración tanto en pacientes como en familiares, al descubrir que han sustituido una adicción (a la heroína) por otra (a la metadona), dentro de un programa que prometía recuperación.
Síntomas de dependencia a la metadona
Según criterios clínicos actualizados (APA, 2022), la dependencia a la metadona se manifiesta a través de signos claros:
- Incremento progresivo de la dosis.
- Fracaso repetido en el intento de suspenderla.
- Abandono de intereses o actividades sociales.
- Engaños o manipulación para conseguir más dosis.
- Consumo paralelo de otras drogas o alcohol.
- Uso de metadona junto a heroína para potenciar efectos.
Este patrón puede mantenerse durante años, dificultando el proceso de recuperación global y generando efectos secundarios físicos y emocionales relevantes.
Efectos secundarios de la metadona
Aunque se administra bajo supervisión médica, el uso prolongado de metadona puede generar síntomas molestos o incluso debilitantes:
- Sudoración excesiva nocturna.
- Estreñimiento crónico.
- Dolores musculares y articulares persistentes.
- Disfunción sexual: reducción de la libido y problemas de erección o anorgasmia.
- Somnolencia diurna.
- Retención de líquidos e hinchazón de extremidades.
- Erupciones cutáneas y picores.
- Pérdida de apetito, náuseas y vómitos.
- Calambres y dolores abdominales.
Estos efectos pueden pasar desapercibidos al inicio, pero con el uso crónico disminuyen la calidad de vida y aumentan el sufrimiento, especialmente cuando no hay un plan claro de deshabituación (Krantz & Mehler, 2004; López-Pelayo et al., 2021).
¿Es la metadona una solución definitiva?
La metadona no “cura” la adicción: funciona como estabilizador, no como herramienta de cambio estructural. Por ello, muchos expertos recomiendan su uso solo en determinados casos clínicos, con evaluación continua y acompañado de intervención psicosocial intensiva (WHO, 2009; EMCDDA, 2023).
En algunos contextos, el mantenimiento con metadona se convierte en un tratamiento crónico indefinido, sin una planificación real para abandonar la sustancia. Esto ha llevado a la búsqueda de alternativas más integrales, incluyendo:
- Tratamientos con buprenorfina/naloxona (menos sedantes y con menor riesgo de sobredosis).
- Desintoxicación gradual y acompañamiento psicológico estructurado.
- Terapias motivacionales y de prevención de recaídas.
- Programas de deshabituación supervisada multidisciplinaria.
¿Cómo se trata la dependencia a la metadona?
El abordaje debe contemplar tanto el aspecto físico como el emocional de la dependencia. Los pasos más habituales incluyen:
- Desintoxicación médica gradual: reducción progresiva de la dosis bajo control médico para evitar un síndrome de abstinencia severo.
- Intervención psicológica: especialmente eficaz es la terapia cognitivo-conductual, centrada en el cambio de hábitos, manejo de emociones y prevención de recaídas.
- Tratamiento de patología dual: en muchos casos, hay trastornos del estado de ánimo, ansiedad o traumas no resueltos que deben abordarse junto con la adicción (Fernández-Montalvo & López-Goñi, 2010).
- Apoyo social y terapéutico continuado: la soledad, la falta de propósito y la presión social aumentan el riesgo de recaída.
Conclusión: repensar el uso de la metadona
La metadona, lejos de ser una droga “mala”, puede ser una herramienta útil en el contexto adecuado, por el tiempo necesario, con supervisión médica y apoyo terapéutico. Pero también es una sustancia con alto potencial adictivo, cuyos efectos deben conocerse, prevenirse y tratarse de forma honesta y estructurada.
La clave está en ofrecer tratamientos más integrales, personalizados y centrados en el cambio, no solo en el mantenimiento. Porque el objetivo no debería ser cambiar una droga por otra, sino recuperar el control de la vida.
Referencias
- American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5th ed., text rev.; DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.
- EMCDDA. (2023). Methadone maintenance treatment in Europe: latest trends and challenges. European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction. https://www.emcdda.europa.eu
- Fernández-Montalvo, J., & López-Goñi, J. J. (2010). Patología dual: revisión y actualización. Adicciones, 22(4), 289–294. https://doi.org/10.20882/adicciones.236
- Kreek, M. J., Levran, O., Reed, B., Schlussman, S. D., Zhou, Y., & Butelman, E. R. (2010). Opiate addiction and withdrawal: genetic and pharmacological influences on physical dependence. Addiction Reviews, 1187, 72–100. https://doi.org/10.1111/j.1749-6632.2009.05144.x
- Krantz, M. J., & Mehler, P. S. (2004). Clinical consequences of methadone abuse. Journal of Internal Medicine, 255(6), 627–634. https://doi.org/10.1111/j.1365-2796.2004.01330.x
- López-Pelayo, H., Miquel, L., Balcells, M. M., & Gual, A. (2021). Clinical management of methadone-related adverse effects: A narrative review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 18(24), 12961. https://doi.org/10.3390/ijerph182412961
- Mattick, R. P., Breen, C., Kimber, J., & Davoli, M. (2014). Methadone maintenance therapy versus no opioid replacement therapy for opioid dependence. Cochrane Database of Systematic Reviews, (6), CD002209. https://doi.org/10.1002/14651858.CD002209.pub2
- World Health Organization. (2009). Guidelines for the psychosocially assisted pharmacological treatment of opioid dependence. https://www.who.int/publications/i/item/9789241547543